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Stéphane Courtois: "El comunismo tiene la voluntad de desencadenar una guerra civil permanente"

Courtois se suma a la petición de un Tribunal Penal Internacional porque "ya es hora de que el totalitarismo comunista sea sometido al juicio de los hombres".

Con un auditorio lleno hasta la bandera Stéphane Courtois, coordinador del Libro Negro del Comunismo (1997) sigue a sus 72 años clamando con humildad y firmeza contra el "negacionismo histórico" y el "memoricidio" de las víctimas de la ideología marxista-leninista ejecutada por Stalin.

En su intervención del sábado 16 de noviembre en Madrid el historiador francés se remontó al final de la II Guerra Mundial cuando el comunismo "refundó su legitimidad moral y política" y se presentó ante el mundo como "los vencedores del fascismo y como sus mártires". La propaganda dura hasta hoy. 

Courtois, un referente mundial en este asunto, resume en dos las características del comunismo: "su odio inextinguible hacia la democracia parlamentaria y la voluntad de desencadenar una guerra civil permanente". Desde la Unión Soviética se exportó al mundo un modelo totalitario, la Dictadura del Proletariado (impuesta en 1917 por Lenin) que consiste en "un partido único, un partido-estado que se apoya en una policía todo poderosa, el brazo armado del partido (la Checa convertida después de 1945 en el KGB) y sobre un Ejército Rojo destinado a la guerra civil". Claro, porque el enemigo a abatir en los regímenes comunistas son sus propios ciudadanos cuya fidelidad al régimen se mantiene porque el "terror es el principal instrumento de gobierno". En cálculos aproximados se suele decir que 3 millones de personas lograron escapar del "Muro de la vergüenza" alemán. Las víctimas que se cobró el comunismo no bajan de los 100 millones.

Cuando entre 1989 y 1991 se fueron disolviendo los regímenes soviéticos europeos se "reveló de pronto al mundo entero la enorme impostura del comunismo", oculta desde 1917 gracias "a una propaganda formidable". Se hizo patente, cuenta el historiador, "que estos regímenes habían provocado en sus países un indiscutible desastre económico y social así como numerosas catástrofes ecológicas". Hace 30 años, "la esencia criminal de estos regímenes les estalló en la cara a todos aquellos que todavía creían en la ideología comunista". Pero ni por esas.  

Hace 30 años se derribó el muro de hormigón y parecía que chorros de libertad estallaran a cada mazazo. En ese momento los represaliados y los descendientes de los asesinados pidieron justicia pero, como denuncia el escritor francés, "la depuración fue limitada por no decir inexistente en Rumanía, Bulgaria, Ucrania, Bielorrusia, Rusia o Moldavia". Incluso se mantuvo "buena parte de la nomenclatura comunista". Los procesos judiciales contra "los que transmitieron la orden de los crímenes individuales y colectivos" y contra "los ejecutores materiales se contaron con los dedos de algunas manos". Se permitió que se destruyeran muchos de los archivos soviéticos, el registro de la sangre, y el Aparato soviético "supo apoderarse hábilmente de sectores de la economía y de los medios de comunicación al tiempo que seguía controlando la justicia, la policía, el ejército y los servicios secretos".

El Núremberg del Comunismo

En Los Juicios de Núremberg se juzgó a los nazis por sus crímenes y también se condenó la ideología que les inspiró. Contra el comunismo lo único que se ha hecho, recuerda el investigador, fue un juicio "parodia" en Camboya en el que "se condenó a tres líderes de los Jemeres Rojos por el asesinato de 2 millones de personas entre 1975 y 1979". En ese proceso el testimonio de uno de los verdugos reveló "la mecánica del terror", anota el autor de una reciente biografía de Lenin. Este hallazgo vino a confirmar las más tristes sospechas sobre cómo se ejecutó el genocidio comunista.

Como todos los ponentes del acto (organizado por El Club de los Viernes, el Think Tank Civismo y la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria) Stéphane Courtois llamó "en nombre de la memoria de las decenas de vidas inocentes rotas" a la creación de un Tribunal Penal Internacional "un Tribunal de Núremberg del Comunismo".

Es evidente que la mayoría de los criminales no pueden ya rendir cuentas en este gran juicio de los hombres pero la ideología sigue viva y coleando, de hecho podría estar presente en el próximo gobierno de España. Es hora de escuchar "a los testigos, a las víctimas y a los verdugos" de permitir y facilitar "a los historiadores la documentación" necesaria para emitir un juicio histórico. La instauración de este Tribunal Penal Internacional contra el comunismo será además la única forma de combatir una propaganda reinante en ámbitos periodísticos y académicos que sigue siendo cómplice del "silencio y la indiferencia" con esta "ideología utópica asesina".